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La Catedral de Málaga, su historia

No hay edificio más señero y emblemático en Málaga que nuestra célebre Manquita, la Catedral de Málaga, la que lleva por nombre Basílica de Nuestra Señora de la Encarnación, y que desde la lejanía nos da la bienvenida lleguemos desde Cádiz o desde Sevilla.

Y es que su esbelta y elegante figura se divisa casi desde cualquier punto de Málaga, estratégicamente situada en el mismo centro histórico de la ciudad, muy cerca de la calle Larios y de la Alcazaba, en un lugar en el que antiguamente se levantara la antigua Mezquita de tiempos árabes y que fuera consagrada bajo la religión católica tras la Reconquista de Málaga por los Reyes Católicos.

Comenzó su construcción durante el Renacimiento y sin embargo, presenta una compleja estructura y gama de estilos como consecuencia del tiempo que tardó en levantarse. La idea original era hacerla en estilo greco-romano, con predominancia del corintio, pero… no, volvamos sobre nuestros pasos para recordar aquellos momentos en que el Pendón de Castilla se izó por primera vez sobre la Torre del Homenaje de la Alcazaba.

Uno de los recuerdos de aquel día fue la consagración de la mezquita mayor y su transformación en iglesia cristiana; sin embargo, se le quedaba pequeño aquel pequeño templo a los malagueños y sus nuevas ilusiones, por lo que pronto comenzaron a elaborar proyectos para una gran basílica y a intentar localizar los fondos necesarios para su construcción.

Difícil época aquélla, en la que sólo a base de limosnas y de la ayuda de unos cuantos particulares consiguió llevarse a cabo la idea y pedir proyectos a varios arquitectos de la época. Bajo la institución del prelado César de Riario fue el arquitecto mayor de Toledo quien se hizo cargo de aquel primer proyecto. Fue éste el que aprobó los planos de Diego de Siloé que se llevarían a Cabildo el 29 de marzo de 1528, fecha en la que se aprobó el proyecto y se dio el visto bueno definitivo a la construcción.

Sesenta años después, en julio de 1588, ya estaban cubiertos el crucero de la Capilla Mayor y las tres naves, pero las obras se suspendieron. Aún así, el 31 de agosto de ese mismo año de 1588 se decidió inaugurar a medio construir, pasándose en tal día el Santo Sacramento de la iglesia de Santiago hasta la nueva Catedral.

Se adornaron las calles de Málaga para celebrar aquella procesión en la que además se pasearon las imagenes de nuestros patronos, San Ciriaco y Santa Paula, y durante ocho días, la ciudad estuvo de fiestas. Aquel mismo día se decidió que el nombre seguiría siendo el de la advocación de la iglesia original, Virgen de la Encarnación, y se tomó como escudo de armas de la misma una jarra de azucenas en símbolo de la pureza.

Cuatro años después se reiniciaron las obras bajo la atenta supervisión de Diego de Vergara a quien sucedió Pedro Díaz de Toledo. Era el año 1592, y no fue sino hasta el 5 de junio de 1631 cuando se estrenó oficialmente la Catedral aún sin estar totalmente finalizada como bien sabemos todos los malagueños…

… y es que nuestra Catedral, nuestra manquita, debe su nombre popular a la falta de una de sus torres, lo que le confiere esa singular figura.

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